jueves, 11 de octubre de 2007

Siempre me viene a la memoria aquello de Juan Ríos de que el amor es el delicado tigre que en las venas despierta. Los celos son la bestia que acecha al tigre y que lo atacará por detrás, desde un árbol, aventajado.
Los tigres son delicados y la bestia es poderosamente traidora. Viene vestida de sombra y de sospecha y embiste lo que ve. Y si lo que ve tiene la paz de la serenidad, la bestia se ensaña y embiste con más fuerza.
Dicen los zonzos que los celos son la prueba del amor. Del amor propio, querrán decir porque los celos de la celotipia matan al otro y terminan matando al amor que dicen cuidar.
Detrás de los celos siempre hay un viento que los alienta y que nada tiene que ver con la imaginación autodestructiva del celoso.
Los celos no son otra cosa que el sufrimiento que hace sufrir y la herida que sangra a los demás. No son festivos ni probatorios del amor. Son semillas de crimen nadando en sangre tóxica.
Al decir de Lope de Vega: “Son celos cierto temor tan delgado y tan sutil, que si no fuera tan vil podría llamarse amor…”.

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